05 Parasha Jayei Sarah

Parasha Jayei Sarah | “Vivió Sarah”

Torah: Bereshit (Génesis) 23:1-25:18
Haftarah: Melajim Alef (1 Reyes) 1:1-31
Brit Jadasha: Matisyahu (Mateo) 1:1- 17

Las Dos Grandes Crisis de la Vida

Bajo la cátedra magistral del Rabino Péretz ben Y’hudah en Beit Meshobeb, Parashá Jayei Sarah no se aborda como una simple crónica arqueológica o narrativa romántica, sino como una profunda lección de teología existencial para el creyente. El Rabino Péretz subraya que la vida del ser humano está signada por crisis ineludibles desde el momento mismo de la concepción. Hoy en día, como suele observar el Rabino, se habla frecuentemente de técnicas modernas como el parto en agua para mitigar el impacto traumático del nacimiento; sin embargo, las transiciones de la existencia continúan siendo inevitablemente críticas.

De todas las crisis que un ser humano experimenta, existen dos que son absolutas, determinantes e ineludibles para cumplir el propósito de Dios:

  1. La crisis de la muerte: tanto el fallecimiento de los seres amados como la confrontación con nuestra propia finitud terrenal.
  2. La crisis del matrimonio (nisu’im): considerado en la milenaria tradición judía no como una mera firma legal o una aventura sentimental, sino como un auténtico nuevo nacimiento, una reconfiguración total de la identidad, la lealtad y el destino.

El hilo conductor que nuestro Rabino Péretz nos enseña a discernir es que el propósito de YHVH trasciende los límites de la muerte y se proyecta dinámicamente en las familias emergentes. El duelo por la partida de Sarah no paralizó a Abraham; por el contrario, lo impulsó a consagrar la posesión física de la tierra mediante la sepultura y a consagrar el futuro mediante la búsqueda meticulosa de una esposa santa para Isaac. La muerte y el matrimonio son los dos ejes sobre los cuales gira la perpetuación del pacto.

Teología de la Dignidad Humana, la Sepultura Tradicional y la Prohibición de la Cremación

Uno de los temas pastorales y halájicos más vehementemente defendidos y enseñados por el Rabino Péretz ben Y’hudah a los alumnos de Beit Meshobeb es la santidad del cuerpo humano en el momento del fallecimiento. En un mundo contemporáneo influenciado por filosofías secularizadas, neopaganas o consideraciones pragmáticas de conveniencia económica, la Yeshivá instruye categóricamente a sus miembros sobre el respeto innegociable que merece el cuerpo del creyente.

La Dignificación del Cuerpo del Difunto (Kevod HaMet)

El Rabino Péretz enseña que el cadáver de un ser querido no es un desecho material ni un objeto biológico inservible. Ese cuerpo inerte fue la habitación terrenal del alma, el templo donde residió el espíritu. Fueron manos que acariciaron y protegieron, labios que impartieron consejos sabios, pies que guiaron a la familia por sendas de rectitud, un instrumento sagrado mediante el cual Dios impartió vida y bendición a otros.

Cuando un ser amado parte, ese cuerpo sin vida es lo único tangible que nos queda para expresar el afecto, la gratitud y el honor debido. Pero más allá del vínculo afectivo terrenal, existe una dimensión escatológica solemne: la dignidad humana es llevada hasta la sepultura. Ese mismo cuerpo, aunque sembrado en debilidad, será transformado y glorificado en la resurrección; y su presencia en aquel día dará testimonio de la honra o del desprecio con que fue tratado en su despedida física.

La Prohibición Absoluta de la Cremación y la Destrucción del Cuerpo

El Rabino Péretz establece con total claridad bíblica y halájica la prohibición de la cremación, el desmembramiento y la incineración deliberada del cuerpo humano:

«La cremación está terminantemente prohibida. La Torá expresa con meridiana claridad el mandato del Altísimo: “Pues polvo eres y al polvo volverás” (Bereshit 3:19; véase también Eclesiastés 12:7: “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”). Solamente enterrando el cadáver en la tierra se cumple con ese designio divino del Creador. Alterar este decreto quemando el cuerpo no es competencia del ser humano. Ni siquiera en el caso de un malhechor que hubiese sido ejecutado bajo la pena máxima prescrita en la ley civil de Israel se permitía la profanación de su cuerpo: la Torá ordena de manera tajante: “No dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día…” (Deuteronomio 21:23). Siendo que la Torá especifica el mandamiento expreso de la sepultura en la tierra, la cremación constituye una violación directa de la voluntad revelada del Eterno.»

No es a través del fuego destructor de un crematorio comercial como el creyente cumple el designio bíblico de retornar al polvo, sino a través de la inhumación reverente en la tierra, depositando el cuerpo con la firme expectación de verlo levantarse al sonido del último shofar. El acto de enterrar a nuestros difuntos en la tierra es una proclamación activa de fe en la resurrección corporal.

Los Méritos de Mashíaj y la Resurrección de los Justos

El Rabino Péretz formula una pregunta doctrinal capital en sus lecciones: ¿Qué es lo que nos asegura los méritos de Mashíaj? La respuesta fundamental de nuestra Yeshivá es clara: Debido a los méritos infinitos y la sangre expiatoria de Yeshúa HaMashíaj, todo hijo de Israel y todo creyente que muere en arrepentimiento sincero, guardando la Torá en la fe de Yeshúa, cumpliendo los mitzvot y confiando en la redención del Mesías, tiene asegurada la primera resurrección: la resurrección de los tzadikim (los justos). Tiene garantizada la vida eterna en el Mundo Venidero (Olam HaBá) y un asiento reservado en el gran banquete celestial al lado de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob.

Por esta razón sagrada, el mandamiento tradicional judío establece que el cadáver debe recibir sepultura preferentemente dentro de las primeras 24 horas del deceso, a menos que sea necesario demorar justificadamente el sepelio para permitir la llegada de familiares lejanos o para asegurar un entierro verdaderamente digno (Kevod HaMet).

La Recitación del Kádish: Santificación en Medio del Duelo

Frente al dolor de la pérdida, la tradición de nuestros sabios conservada celosamente en Beit Meshobeb enseña a recitar el Kádish de duelo. Como enfatiza el Rabino Péretz, la palabra hebrea Kádish significa literalmente «santificación». Resulta asombroso que en el texto del Kádish no se mencione la muerte, la tumba ni el dolor personal; es una proclamación exaltada de alabanza que declara: «Magnificado y santificado sea Su gran Nombre en el mundo que Él creó conforme a Su voluntad».

Recitar el Kádish es una declaración de fe suprema: aun cuando el corazón del creyente está desgarrado por la separación física, el alma rehúsa blasfemar o amargarse contra el Creador. Por el contrario, santifica el Nombre de Dios en la hora más oscura, encontrando en esa adoración el consuelo sobrenatural y la seguridad divina que preparan al deudo para el día glorioso de la resurrección.

Comentario de la Parashá

Por el Rabino Perezt ben Yehudah

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